lunes, 28 de noviembre de 2016

Cita a ciegas 69 días 22 historias

Mi obsesión por las mariposas quizás haya iniciado en el patio de mi abuela. Siempre solía haber montones de alas de colores volando por ahí; a veces te dejaban alcanzarlas e incluso se te posaban encima. Otras veces huían despavoridas como si llevaras su fin contigo. 

 Fue en aquel mismo patio que aprendí de la forma más dolorosa que si tocas las alas de una mariposa la matas, que tienen una lengua diferente y especial y que no pueden volar si no hay sol. También aprendí, y creo que esta fue de mis cosas favoritas, que en francés se les dice Papillon, que su vida es corta y que hay algunas que incluso la gastan volando montones de kilómetros para encontrar “el amor”. 

 Creo que aprendí muchas más cosas de ellas en aquel lugar que en ninguna otra parte, incluso algunas que eran más parecidas a leyendas urbanas que a algo real. Que si una mariposa negra entraba en tu casa era de mal augurio, que si la otra entraba le miraras el "número" en sus alas y lo jugaras en la lotería incluso algunas que decían algo de llevarte al amor y cantidad de cosas más que he olvidado, pero si recuerdo lo más importante. Recuerdo que cada vez que una mariposa se posaba sobre mí, quizás por mi fe en ellas o por la magia que le imprimía una niña de 8 años, siempre ocurrió algo genial. 

 Así que está mañana cuando al salir de mi casa una mariposa azul y naranja se posó sobre mí me embargó la emoción, y el resto del día he estado esperando lo muy bueno que iba a suceder, pero nada ha ocurrido. Al menos no hasta que mientras estaba en aquella cita a ciegas a la que me obligo a ir mi madre, una mariposa azul y naranja, juro que la misma, ha logrado evadir la ventana y no sé cómo se ha metido hasta nuestra mesa, y como un augurio de esos que me contaban cuando chica, se ha posado sobre los hombros de él. 

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