La última luz encendida

by - lunes, noviembre 23, 2015

Cada noche fiel a sus hábitos  Roberto, chocolate en mano, subía por la escalera que le llevaría al segundo piso, al llegar allí tomaba la perilla dorada y brillante como un espejo de la puerta de su estudio y observaba su reflejo pensando como todo se veía deformado, luego la giraba y entraba, y estando ya en aquel lugar se sentaba en la silla de su escritorio del cual su parte superior daba con el marco inferior de un gran ventanal;  a través de este mismo observaba el gran árbol que una vez siendo chico había plantado con su abuelo y más lejos las casa de sus vecinos. Entonces Roberto tomaba la taza y comenzaba a beber lentamente mientras esperaba y veía como una a una las luces de la calle se iban apagando.


 Al final de cada noche la luz de la casa de la esquina, igual que Roberto, fiel a sus hábitos, era la única en quedarse encendida, y entonces Roberto ya sin nada que beber y con algo de sueño imaginaba la vida de las personas que habitaban en aquel lugar, algunas veces era una familia, otras una chica solitaria igual que él. Luego de un tiempo casi siempre era a ella a quien imaginaba, sentada en su ventana y observando la única luz encendida en la otra esquina de la calle, pensando quizás en quien viviría en aquella casa con un gran árbol, si una familia o un chico solitario como ella y soñando por un instante en sentarse algún día con él a tomar alguna bebida juntos y finalmente dejar la calle sin luz.

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