sábado, 1 de febrero de 2014

La revolución del amor

El amor tendía al fracaso como nunca antes lo había hecho, el mundo se había vuelto un lugar donde engendrar amor era ir en contra de los preceptos establecidos, el sistema había controlado a tal punto los humanos que les daba la sensación de estar amando, pero lo cierto, era que hasta los humanos eran un producto más con el cuál se podía negociar y los cuales se podían consumir.

¿Que se podría pensar del amor en un mundo, donde las personas eran igual de reemplazables que un vestido o un par de zapatos? en el transcurso del tiempo todo se había dado de tal forma que perder a una persona en tu vida era simple, a veces dolía, otra veces ni eso, y luego, al instante en pocos días, en pocos meses ya no recordabas que había sucedido, ya habías encontrado el reemplazo de ese sujeto y así se transcurría una vida entera, persona tras personas, perdida tras perdida y el amor que todos profesaban libre era solo la ilusión de sentirse amados.

Esa era la manera como Agatha veía el amor, y no era una completa desfachatez, lo cierto era que las relaciones funcionaban igual que cualquier transacción hecha en la mañana para comprar la leche en un mercado; sin embargo, Agatha sabía (o al menos eso esperaba) que todo iba a cambiar, realmente lo deseaba.

Pero Agatha se acostumbro, y pensó que quizás si seguía las reglas sería feliz, y se metió con Mateo, Juan, Jose, Andrés, Ricardo, Alejandro y creyó amarlos y no los extraño cuando se fueron y reemplazo a uno con el siguiente y a veces le dolió y a veces no, pero continuó haciendo lo mismo que todos y creyó que era feliz, como lo creían todos.

Y así paso el tiempo, demasiados días, demasiados meses, demasiados años y la pobre Agatha caminó por el mundo al paso que estaba establecido, pero algo dentro de ella, algo muy pequeño, a veces ardía, y ardía tan fuerte en ocasiones que la hacía sentirse llena de soledad, y ella sabía que esa era su enfermedad, que esa era la enfermedad de todos, la soledad, pero se hacía la pendeja, porque en un mundo donde el amor  era un producto más para consumir, nada podría hacer.

Y un día, un día cualquiera, pudo ser Lunes o martes o viernes (porque la vida es atemporal y te golpea el día menos pensado, a la hora menos pensada y en cualquier lugar) mientras caminaba por un parque, de la nada toda esa soledad se acumulo y la lleno y la rebaso y la destruyó, y la pobre Agatha se sintió tan enferma tan adolorida que comenzó a extrañar, realmente extrañar, y le hicieron falta Mateo, Juan, Jose, Andrés, Ricardo, Alejandro, y los amó, los amó tanto que los quiso tener de regreso, y supo que no sería así, y sin poder evitarlo se sentó en una banca a llorar, lloró con su alma desgarrada, con su corazón molido de ausencias, de perdidas, de infelicidad y lloró tan duro y con un dolor tan infinito que el hombre que estaba a su frente la observo, y la mujer que estaba a su lado la observo, y el perro que iba pasando en aquel instante aulló de dolor, y el mundo entero la observo; y todos los que la vieron sintieron un viejo dolor, un dolor que ya conocían pero llevaban años ignorando, y hubo quienes pasaron de lado y decidieron continuar, porque sabían que la vida es más fácil sin dolor, y hubo quienes se detuvieron un instante y no supieron si seguir su camino o quedarse allí, y hubo quienes se quedaron y se acercaron y le preguntaron que le sucedía, a lo que ella como una loca solo respondía ¨Es la soledad, me mata la soledad¨ y entonces ellos lloraron con ella, ellos también se sentían solos, el mundo entero se sentía solo y fue entonces, en aquel instante, en aquel golpe inesperado de la vida, en aquel parque desconocido para el resto de la humanidad, donde comenzó la revolución del amor.


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